viernes, 6 de marzo de 2009

¡A casa de la Justa!

Volví al mundo de los blogs, y animada por mi gran amiga Caro, me dispongo a contar otra de mis aventuras hospitalarias, si bien, esta fue breve pero intensa.

Corría el verano del 99, o quizá del 2000, cuando, aburrida en la piscina en la que trabajaba mi familia, me dispuse a salir, con dirección a casa de la Justa, una de esas tiendas de pueblo en las que se puede encontrar de todo, desde chucherías, a muñecas de porcelana o desodorantes. Dió la casualidad de que mi tío y madre se dirigían hacia allí, asi que monté en el coche, y nos pusimos en marcha. Un hecho a destacar del corto viaje es que la luz del Sol era fuerte, y que si te ponías en el lugar preciso, podías ocultarte entre las sombras. Desde el coche observé una esquina, en la que, por arte de magia, apareció un hombre que no se apreciaba por el contraluz que el astro rey provocaba.

Al llegar al destino, me bajé del coche, y mi madre y tío prosiguieron con su viaje. Eran las seis de la tarde, más o menos, y como en todo pueblo que se precie, la tienda estaba cerrada. Por suerte, no era la unica niña que esperaba, y pude entablar relación con los allí presentes. Como era tradición, me senté en el bordillo de la acera a esperar (el tranco de la Pepa ya estaba ocupado, maldita sea). Pasaba el tiempo, y los coches. Cada vez que pasaba uno, tenía que subir los pies a la acera. Cada vez, menos una. Me salieron mal las cuentas, creí que el coche iba lo suficientemente separado de la acera, confié en que se desviaría un poco... Pero no ocurrió. Vi como ambas ruedas de aquel coche pasaban por encima de mis pies. He de comentar que el calzado del que disponía eran unas chanclas de plataforma en azul oscuro, que en aquella época tan de moda estaban.

No recuerdo si grité, pero supongo que los allí presentes lo harían por mí (el instinto infantil, el gallito que todos llevamos dentro). El coche se paró, y se bajaron un chico y una chica bastante jóvenes. Por sus atuendos se podría decir que venían del mismo lugar del que yo. Primero me preguntaron si me dolía (no, ¿qué me va a doler a mí que me pase un coche por los pies?) y si me podía mover. Después se pusieron a pedir hielo, y por alguna razón, me llevaron con ellos. Muy inteligente por su parte, masajearme sin saber si hay rotura y cruzarme de acera caminando. Y para más inri, los vecinos del lugar no tenían hielo. ¡Qué ocurrencia tener hielo en casa en pleno siglo veinte!

Después del frustrado intento de calmar mi dolor, una chica allí presente - Estefanía, si mal no recuerdo-, me advirtió de que Arcangel (chavalín amigo de la familia) había ido a avisar a
mi madre, transcribo lo que me llegó de la conversación:
-Mari Carmen, no te asustes, que no ha pasado nada, que han atropellado a Sofía, pero que está bien, ¿eh?


Escuché suposiciones sobre lo que podría haber pasado si mis piernas hubieran estado un poco más separadas de la acera (nada bueno). Entre tanto llegó mi madre, pero para entonces Conductor y Copiloto ya habían desaparecido. Me eché a llorar y mi madre me perguntó:
-¿Te duele?
Le contesté que no.
-¿Entonces por qué lloras?
- Por si me regañabas...

Nos pusimos de camino al hospital de Valdepeñas en el coche de los primos de mi madre (no recuerdo bien por qué en ese coche). Disfruté de una primera fila de vehículo, un lujo para mi edad. Al llegar me subieron en la característica silla de ruedas, me hicieron las correspondientes radiografías en las que no descubrieron nada digno de mención y me mandaron a casa.

Un mes o dos más tarde, tras varias investigaciones sobre color, matrícula y propietarios del coche arroyador, fuimos a juicio (¿la sala? nada de lo que me esperaba, la verdad), pero mi padre decidió no denunciar a los causantes de mis quince días de reposo veraniego.

Ahora sé que no soy muy buena en los cálculos aproximados, y menos llevados a la realidad.