Volví al mundo de los blogs, y animada por mi gran amiga Caro, me dispongo a contar otra de mis aventuras hospitalarias, si bien, esta fue breve pero intensa.
Corría el verano del 99, o quizá del 2000, cuando, aburrida en la piscina en la que trabajaba mi familia, me dispuse a salir, con dirección a casa de la Justa, una de esas tiendas de pueblo en las que se puede encontrar de todo, desde chucherías, a muñecas de porcelana o desodorantes. Dió la casualidad de que mi tío y madre se dirigían hacia allí, asi que monté en el coche, y nos pusimos en marcha. Un hecho a destacar del corto viaje es que la luz del Sol era fuerte, y que si te ponías en el lugar preciso, podías ocultarte entre las sombras. Desde el coche observé una esquina, en la que, por arte de magia, apareció un hombre que no se apreciaba por el contraluz que el astro rey provocaba.
Al llegar al destino, me bajé del coche, y mi madre y tío prosiguieron con su viaje. Eran las seis de la tarde, más o menos, y como en todo pueblo que se precie, la tienda estaba cerrada. Por suerte, no era la unica niña que esperaba, y pude entablar relación con los allí presentes. Como era tradición, me senté en el bordillo de la acera a esperar (el tranco de la Pepa ya estaba ocupado, maldita sea). Pasaba el tiempo, y los coches. Cada vez que pasaba uno, tenía que subir los pies a la acera. Cada vez, menos una. Me salieron mal las cuentas, creí que el coche iba lo suficientemente separado de la acera, confié en que se desviaría un poco... Pero no ocurrió. Vi como ambas ruedas de aquel coche pasaban por encima de mis pies. He de comentar que el calzado del que disponía eran unas chanclas de plataforma en azul oscuro, que en aquella época tan de moda estaban.
No recuerdo si grité, pero supongo que los allí presentes lo harían por mí (el instinto infantil, el gallito que todos llevamos dentro). El coche se paró, y se bajaron un chico y una chica bastante jóvenes. Por sus atuendos se podría decir que venían del mismo lugar del que yo. Primero me preguntaron si me dolía (no, ¿qué me va a doler a mí que me pase un coche por los pies?) y si me podía mover. Después se pusieron a pedir hielo, y por alguna razón, me llevaron con ellos. Muy inteligente por su parte, masajearme sin saber si hay rotura y cruzarme de acera caminando. Y para más inri, los vecinos del lugar no tenían hielo. ¡Qué ocurrencia tener hielo en casa en pleno siglo veinte!
Después del frustrado intento de calmar mi dolor, una chica allí presente - Estefanía, si mal no recuerdo-, me advirtió de que Arcangel (chavalín amigo de la familia) había ido a avisar a
mi madre, transcribo lo que me llegó de la conversación:
-Mari Carmen, no te asustes, que no ha pasado nada, que han atropellado a Sofía, pero que está bien, ¿eh?
Escuché suposiciones sobre lo que podría haber pasado si mis piernas hubieran estado un poco más separadas de la acera (nada bueno). Entre tanto llegó mi madre, pero para entonces Conductor y Copiloto ya habían desaparecido. Me eché a llorar y mi madre me perguntó:
-¿Te duele?
Le contesté que no.
-¿Entonces por qué lloras?
- Por si me regañabas...
Nos pusimos de camino al hospital de Valdepeñas en el coche de los primos de mi madre (no recuerdo bien por qué en ese coche). Disfruté de una primera fila de vehículo, un lujo para mi edad. Al llegar me subieron en la característica silla de ruedas, me hicieron las correspondientes radiografías en las que no descubrieron nada digno de mención y me mandaron a casa.
Un mes o dos más tarde, tras varias investigaciones sobre color, matrícula y propietarios del coche arroyador, fuimos a juicio (¿la sala? nada de lo que me esperaba, la verdad), pero mi padre decidió no denunciar a los causantes de mis quince días de reposo veraniego.
Ahora sé que no soy muy buena en los cálculos aproximados, y menos llevados a la realidad.
viernes, 6 de marzo de 2009
miércoles, 3 de septiembre de 2008
Un nuevo récord.
En esta ocasión, no puedo decir la fecha exacta, lo que si sé es que ocurrió entre los 8 y los 10 años.
Tampoco hay una gran historia antes del accidente, porque más que nada, yo dormía.
Es un enigma aún por desvelar el por qué de que aquella noche me cayese de la cama. Por suerte, no era muy tarde y mi familia todavía estaba despierta.
La verdad es que no recuerdo nada, a parte de que vi poca luz en el salón cuando abrieron la puerta, y que no paraba de sangrarme la nariz de camino al hospital. Le pregunté a mi madre que por qué me secaba con pañuelos de tela, en vez de papel.
Al llegar, me pasaron en silla de ruedas (como a todo enfermo que se precie, esté impedido o no) a una especie de sala a espaldas de la recepción, en la que dos enfermeras me atendieron, y me pusieron grapas (creo que se llama asi a esas tiras blancas que se ponen en las heridas) cerca del ojo.
Más tarde supe que tenía varias heridas alrededor de mi ojo derecho, que me tuvieron que coser y que dejaron unas cicatrices, como poco, características. Recuerdo, que una de las enfermeras, para intentar tranquilizarme, me enseño su barriga y me dijo que podria conocer a su hijo cuando naciese.
También tenia la nariz rota, y me aquejaba de dolores en la muñeca derecha.
Una semana más tarde, mi madre dice que ya incluso empezaba a mover la mano, fuimos, no recuerdo bien a qué, al hospital. Creo que era una revisión, o algo así. Por alguna razón, me hicieron una radiografía de la muñeca. De nuevo, estaba rota.
Nos dijeron a mi madre y a mi en un pasillo con pocas habitaciones que me operarian de urgencia, ya que ni si quiera habia llevado escayola durante esa semana. Yo me eché a llorar del miedo.
Para moverme de la camilla en la que me trasladaron a la del quirófano, tuvieron que llamar a gente, por mi peso (jejeje... aii).
Ya con esas luces blancas y redondas apuntandome a la cara, me empezaron a dormir con anestesia cantandome algo que no logro recordar (o una nana, o tengo una vaca lechera, aunque creo que debe ser la primera, por lógica).
El caso es que me levanté de la anestesia a grito pelao y pidiendo ver a mi madre. Vamos, que menudo susto debía llevar encima.Pasé un dia en una habitación del hospital, fue allí donde obtube mi primer cómic. Al día siguiente el médico me vió tan... " incomoda", que le dijo a mi madre que si creía que estaría mejor en mi casa. Y me dieron el alta.
Para que se me pasara el susto, me compraron una Barbie, una con una falda con flores, purpurina, y un hada. Y como de costumbre, elegí la que al final no me gustó (siempre digo: -"esto ya se que me gusta, voy a probar lo nuevo", como lo odio).
Tampoco hay una gran historia antes del accidente, porque más que nada, yo dormía.
Es un enigma aún por desvelar el por qué de que aquella noche me cayese de la cama. Por suerte, no era muy tarde y mi familia todavía estaba despierta.
La verdad es que no recuerdo nada, a parte de que vi poca luz en el salón cuando abrieron la puerta, y que no paraba de sangrarme la nariz de camino al hospital. Le pregunté a mi madre que por qué me secaba con pañuelos de tela, en vez de papel.
Al llegar, me pasaron en silla de ruedas (como a todo enfermo que se precie, esté impedido o no) a una especie de sala a espaldas de la recepción, en la que dos enfermeras me atendieron, y me pusieron grapas (creo que se llama asi a esas tiras blancas que se ponen en las heridas) cerca del ojo.
Más tarde supe que tenía varias heridas alrededor de mi ojo derecho, que me tuvieron que coser y que dejaron unas cicatrices, como poco, características. Recuerdo, que una de las enfermeras, para intentar tranquilizarme, me enseño su barriga y me dijo que podria conocer a su hijo cuando naciese.
También tenia la nariz rota, y me aquejaba de dolores en la muñeca derecha.
Una semana más tarde, mi madre dice que ya incluso empezaba a mover la mano, fuimos, no recuerdo bien a qué, al hospital. Creo que era una revisión, o algo así. Por alguna razón, me hicieron una radiografía de la muñeca. De nuevo, estaba rota.
Nos dijeron a mi madre y a mi en un pasillo con pocas habitaciones que me operarian de urgencia, ya que ni si quiera habia llevado escayola durante esa semana. Yo me eché a llorar del miedo.
Para moverme de la camilla en la que me trasladaron a la del quirófano, tuvieron que llamar a gente, por mi peso (jejeje... aii).
Ya con esas luces blancas y redondas apuntandome a la cara, me empezaron a dormir con anestesia cantandome algo que no logro recordar (o una nana, o tengo una vaca lechera, aunque creo que debe ser la primera, por lógica).
El caso es que me levanté de la anestesia a grito pelao y pidiendo ver a mi madre. Vamos, que menudo susto debía llevar encima.Pasé un dia en una habitación del hospital, fue allí donde obtube mi primer cómic. Al día siguiente el médico me vió tan... " incomoda", que le dijo a mi madre que si creía que estaría mejor en mi casa. Y me dieron el alta.
Para que se me pasara el susto, me compraron una Barbie, una con una falda con flores, purpurina, y un hada. Y como de costumbre, elegí la que al final no me gustó (siempre digo: -"esto ya se que me gusta, voy a probar lo nuevo", como lo odio).
Tortillas de mamá... ¿con leche?
El siguiente recuerdo que tengo de habermela dado es a eso de los 7 u 8 años.
Mi madre preparaba tortillas de harina y agua con una pizca de sal, si no me equivoco. Al ir terminando, me mandó a por leche, para poderlas mojar. Desde el cuarto donde las preparaba, conocido como "la cocinilla" (que gracioso, jeje), hasta la cocina de verdad, donde guardabamos la leche, había un pasillo a la intemperie, hecho con cantos rodados y cemento. Emprendí mi carrera hacia la cocina, ansiosa de degustar las tortillas, cuando tropecé e increiblemente, sí, me caí.
No recuerdo muy bien por qué (deduzco que por el dolor), no me levanté y esperé a que mis hermanas o madre viniesen a por mí. Eso si, las advertí con varios gritos.
Lo siguiente que recuerdo es que nos dirigiamos a Villanueva de los Infantes, al centro de salud, a petición de mi padre. Me senté a esperar a que me tocase, con mis dos manos sujetas por un pañuelo, y recuerdo que habia un niño pequeñín al que su madre regañó por molestarme (el caso es que a mí me cayó bien).
En Infantes nos redirigeron a Valdepeñas, al hospital más cercano. Creo que, a excepción de alguna vez, en posteriores ocasiones siempe fuimos directamente a Valdepeñas.
Allí me radiografiaron las muñecas, descubriendo que ambas estaban rotas.
Después disfrute de varios días en casa, y de algunos exámenes orales, más la tarea que me tenía que transcribir mi madre. Todo un caso.
Lo realmente curioso, es que a pesar de esto, no le he cogido ningún asco a las tortillas de madre, y las disfruto siempre que puedo.
Mi madre preparaba tortillas de harina y agua con una pizca de sal, si no me equivoco. Al ir terminando, me mandó a por leche, para poderlas mojar. Desde el cuarto donde las preparaba, conocido como "la cocinilla" (que gracioso, jeje), hasta la cocina de verdad, donde guardabamos la leche, había un pasillo a la intemperie, hecho con cantos rodados y cemento. Emprendí mi carrera hacia la cocina, ansiosa de degustar las tortillas, cuando tropecé e increiblemente, sí, me caí.
No recuerdo muy bien por qué (deduzco que por el dolor), no me levanté y esperé a que mis hermanas o madre viniesen a por mí. Eso si, las advertí con varios gritos.
Lo siguiente que recuerdo es que nos dirigiamos a Villanueva de los Infantes, al centro de salud, a petición de mi padre. Me senté a esperar a que me tocase, con mis dos manos sujetas por un pañuelo, y recuerdo que habia un niño pequeñín al que su madre regañó por molestarme (el caso es que a mí me cayó bien).
En Infantes nos redirigeron a Valdepeñas, al hospital más cercano. Creo que, a excepción de alguna vez, en posteriores ocasiones siempe fuimos directamente a Valdepeñas.
Allí me radiografiaron las muñecas, descubriendo que ambas estaban rotas.
Después disfrute de varios días en casa, y de algunos exámenes orales, más la tarea que me tenía que transcribir mi madre. Todo un caso.
Lo realmente curioso, es que a pesar de esto, no le he cogido ningún asco a las tortillas de madre, y las disfruto siempre que puedo.
Soy el eslavón entre el unicornio y el humano.
He creado este blog para contar mis multiples aventuras, que como el nombre indica, de alguna u otra forma, me han llevado al hospital.
Quizá a nadie le interesen, pero a mí me entretiene dejar constancia de todas las leches que me he llevado.
El primero de los accidentes, que más que acordarme yo, me ha dejado marca para la posteridad, ocurrió a la temprana edad de unos dos años (en realidad, el tesimonio original es de mi madre, yo ni tenía los años suficintes, ni creo que el porrazo me dejase recordar lo sucedido).
Quizá fue Kurt Cobain en los videos de los 40 (aquellos maravillosos 90) o quizá un haz de locura infantil lo que me llevó a subirme a la cama y comenzar a dar saltos.
Pronto acabó esa diversión: me caí. Me caí y me di contra el cabecero de la cama. Hay que decir que el cabecero era de hierro.
Mi madre me dijo que el médico no le dió importancia, ¿qué importancia puede tener que una niña de dos añetes se deformase el cráneo con un hierro y que por pocas perdiese la vida? Ninguna.
Así que ahora, con mis 17, sigo haciendo alarde de mi cuerno siempre que puedo. Y la gente sigue poniendo cara de asco al tocarlo.
Por cierto, este suceso no hace mucho honor al titulo del blog, ya que yo acabe en la consulta del médico del pueblo, y no en el hospital.
Quizá a nadie le interesen, pero a mí me entretiene dejar constancia de todas las leches que me he llevado.
El primero de los accidentes, que más que acordarme yo, me ha dejado marca para la posteridad, ocurrió a la temprana edad de unos dos años (en realidad, el tesimonio original es de mi madre, yo ni tenía los años suficintes, ni creo que el porrazo me dejase recordar lo sucedido).
Quizá fue Kurt Cobain en los videos de los 40 (aquellos maravillosos 90) o quizá un haz de locura infantil lo que me llevó a subirme a la cama y comenzar a dar saltos.
Pronto acabó esa diversión: me caí. Me caí y me di contra el cabecero de la cama. Hay que decir que el cabecero era de hierro.
Mi madre me dijo que el médico no le dió importancia, ¿qué importancia puede tener que una niña de dos añetes se deformase el cráneo con un hierro y que por pocas perdiese la vida? Ninguna.
Así que ahora, con mis 17, sigo haciendo alarde de mi cuerno siempre que puedo. Y la gente sigue poniendo cara de asco al tocarlo.
Por cierto, este suceso no hace mucho honor al titulo del blog, ya que yo acabe en la consulta del médico del pueblo, y no en el hospital.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)